Sin miedo a las alturas


Mi vestido tiene
aún los lunares de tu piel.
El azúcar de mis ojos
triunfó en tu aliento
gélido de sorpresa,
como hormiga
en el congelador,
ante la alucinación
de verme llegar.
Se derritieron sobre ti
mis brazos de agua,
al derrochar en tu voz
miles de letanías voraces,
que caen sobre humos de neblina
como plumas lentas y hambrientas,
en tu precipicio de amor,
buscando cómo volar o
dónde encontrar mis alas.













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