Frío en las copas


El frío mañanero, que colgaba enamorado de las frondosas ramas de aquél árbol, se desprendía de los pétalos de flores. Y el frío veía despertar a Carmen todos los días, con su cabello dormido en sus mejillas y soles abriéndose en esa sonrisa, capaz de inspirar a los pájaros.

Los caballos, llenos de pintas y pasiones dejaban correr su pelo en el viento, que siempre, soplaba desde el sur. Enamorada de ese galopar, se fue creando en su corazón una sofocante energía que abatía las marejadas del frío. Y ella corría entre risas y piedras, observando un cielo lleno de sorpresas y misterios. Mientras Carmen mordía frutas de todos los colores y sabores, esperando que el jugo no se enamorara de su ropa, no sospechaba que los sueños buenos y malos rondaban en el aire. Andaba sola, pero bien acompañada de cerezos y nogales. Carmen caminaba cinco kilómetros hasta llegar a la escuela, en donde se enteró de que sólo los buenos sueños pasan y caen sobre la persona que duerme; pero que los malos sueños se enrredan en las telarañas y mueren al amanecer.

Carmen ansiaba pronto llegar a su campo y estar en el tope de un durazno para llenarse del olor dulce que le anunciaría una hermosa tarde. El frío la seguía, y pronto Carmen se escondía entre árboles de guindos repletos de puntitos rojos, brillosos como canicas juguetonas a esperar a que el frío se diera por vencido. Luego, se iba bailando con ese mismo aire hasta encontrar, entre muebles y madera, grandes discos de vinilo muy antiguos. Con ellos, la imaginación de Carmen volaba y salpicaba muchos sueños que vivían con tan sólo rodar entre líneas circulares, marcadas en círculos de alegría.

Carmen le decía al silencio muchos secretos y relucía ante el vapor del cristal, muchas preguntas sin contestar. Y el hambre, junto al frío hacían complots en vano, porque la dulzura y nobleza de Carmen, sobrepasaba los límites de la naturaleza. Las voces de su alma fueron fabricando una hermosa esencia de luces y estrellas multicolores que le daban a su mirada una dimensión más tierna aún.

Así, Carmen fue creciendo frente a tormentas de frío y nubes grises y pasó a convertirse en una hermosa mujer de sonrisas plenas y amor sincero. Pasaban las estaciones con sus cuentos y hadas; hasta que un día, sin sospechar, volvió a su tierra y estrechó sus brazos en un cálido viento que besaba sus rostro. Salió contenta a saludar a sus árboles y animalitos -algo cambiados por el tiempo- y descubrió debajo de un lecho de flores, nueces y hojas, al frío que se dejó morir, para verla transformarse en su propia sonrisa, con el sol que siempre imaginó. Entonces, Carmen recogió entre sus manos la tierra húmeda y fría, llena de vida, para guardarla siempre en el mejor recuerdo de su infancia.

/Dedicado a mi amiga, Irene con mucho cariño! Feliz Cumpleaños!




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