Ilesa...


Ilesa, aunque la lluvia rasguña con fuerza y raspa con clavos de alfileres, en un trueno, toda la desesperación que se fue por el tragante.


Así de escurridiza me voy, en un remolino de agua que deshecha todo lo construido y defectuoso. Los truenos latigan con fuerza las paredes blancas. Las nubes infladas, descascarándose del techo caen cristalizadas en el suelo, sin dejar jamás rastro de papelitos bajo la puerta.


Basta mi reflejo para rehacerme como la luz de un relámpago. Para estrangular tu ropa de miedo y exprimirte sobre mí.


Porque la lluvia deja un sutil manto de oscuridad, en donde nos escondemos de pensamiento en pensamiento, y sucumbimos a la tentación (de pensarnos...)


No hace falta que escampe para hacer una fiesta sin ti. Mi cintura se mueve y hace bajar como hula-hula, el huracán de sus besos hasta mi vientre, hasta más abajo, hasta la calidez de mis muslos, en donde se estrella tu lluvia y se evapora en un trueno. En un grito que me hace temblar de hipotermia. (No me escuchas).


Jamás me escucharás, ni siquiera en estas letras. Desabrocho mi corazón de la costra enmohecida de tu rostro. Y llueve, sigue, tronando, lloviendo, inundándome.


Ya casi reluzco por la lluvia que empapa, que limpia y borra todo miserable recuerdo de ilusión. Ya casi me vuelvo inmune a esto. Al olvido. Ya casi renazco iluminada, con las sonrisas resplandecientes que yacen en mí, inmortales.


El cielo ruge más por mi estupidez, que por tu ausencia.







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