La gente debería ir más a los parques.

Porque las hojas tocan como maracas cuando el viento pasa y se manda a correr. Porque aunque a veces el cielo llore como un nene, por momentitos, y a eso le llamemos una “nubecita”, no hay razón por la cual irse del parque. Siempre hay arco iris huérfanos bajo el sol.


Los árboles se encargan de recoger las gruesas gotas de llanto que caen por sus espaldas, y el agua fría que rueda por sus ramas se aguanta de cada hojita verde, para caer al suelo, y alimentar a cualquier florecilla que respira entre tierra húmeda y figuritas de fango. No sé cómo es que existen parques sin columpios. Y mucho menos para qué existen los lunares si no se puede trazar con los dedos, algún lugar para encontrarse, a menos que nos enamoremos, claro está.


Si soplo a una hormiga que cae sobre el lunar de mi hombro, hasta que desaparece, ¿se muere? Y ¿cómo es que los pajaritos eligen hacer sus nidos? ¿Las bolsas también sirven para recolectar sonrisas? A veces, hay que responder a todas las preguntas sin tener la razón. Una mariposa amarilla casi choca conmigo en el camino hacia los columpios inexistentes. Las nubes se disuelven en el cielo como cuando mezclo azul y blanco con mi pincel, jugando a unirlo todo.


Yo, simplemente sé, que la gente debería ir más a los parques.





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