Y que todo, sea una mentira parpadeante



En cada instante se recuerda, se olvida.
 

Y en las noches, los instantes se vuelven vida.
Los susurros que colgaban 

con suspiros las esquinas de la oscuridad
me invaden en un cosquilleo desesperanzador.

Busco la manera de encerrarme en tus párpados,
de sentir el sabor de tu aliento mientras duermes;
de lanzarte un conjuro,
para que vengas al despertar,
volando en forma de pajarito,
aunque esto no sea un nido
y yo no tenga alas; 
de lo contrario,
te hubiera abrazado hace tiempo.
Tal vez, confunda tu vuelo
con la sombra en el suelo
de un ave a punto de aterrizar.
Sé que mi rostro 
se desvanece rápido 
y con cada paso que das.
Lo enmascaras en otros rostros 

para no verme más.
Partiste por la mitad mi retrato de niña frágil
durmiendo entre tus ojos, pensándote sin final. 


Perdiste, en algún rincón de tu cabeza,
las letras que te escribí en mi piel.
Me arrebataron con fuerza
las ganas de ser tu guitarra.
Y queriendo ser aunque sea, un error en tus manos,
quedé siendo tan sólo una nota desafinada,
que sale de la boca negra y redonda de su alma.


La ilusión de entrelazar nuestras manos,
se descartó.
Negar, no es lo mismo que arrepentirse,
Esconder, no es lo mismo que guardar.
Y yo me voy amándote, queriéndote; da igual.
Me desvisto a la vez que se desenhebra nuestra historia.


Vuelvo a quedar a la intemperie.


Tu verdor es el mismo que el mío;
compartimos sin compartir.
Te amaré hasta que se acaben las palabras,
aunque estés mudo y desteñido. 

Los momentos se desmenuzan
como aserrín en mis manos,
Toso, me ahogo, 
me asfixio.
Me tiembla el pecho de tanta destrucción.
Tengo la lúcida luz del día como guarida para no llorar.

Mi locura se bate y se parte en trocitos
dentro de la licuadora,
donde se arrojó –también- la mitad izquierda
de mi corazón de cristal. 


Nos quedamos a la deriva,
sin llaves para entrar
al minuto mágico donde se prende
nuestro amor furtivo.

Dejo retratada en la ventana mi figura,
Tus besos, ya fríos,
yacen moribundos y caen por el filo de la blusa
que rodea mis hombros desnudos,
como el agua cansada, a orillas de una isla. 

Tacha mi nombre de la lista de tus sueños;
mientras yo,
te sigo escribiendo en una libretita colorá
rasgada por el vaivén de los días.
Táchame,
a ver si al pasar de los años, aún se ve en la otra página,
Mi nombre tatuado en tu memoria.








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