Otear a la inversa mientras camino


Ojos de reptil, nocturnos y escurridizos. El corazón al pecho del árbol más cercano. Desaparece el cuerpo pero palpitan los últimos instantes del recuerdo en la memoria.
Al revés y hasta de costado el cielo es un piso acolchonado de nubes-algodón y plumas al-azar. Los faroles son cucharas con luz y los automóviles, estrellas fugaces al por mayor; de los anuncios sacamos sacos de fantasmas vacíos.
Las huellas ajetreadas y salteadas con la emoción de un brinco hacen del piso un tembleque de hormigón. Todo lo que hacemos se escucha, aunque no pronunciemos palabra alguna; el viento lo sabe todo, pues no ha cesado de soplar desde que cayó desde el cielo resbaladizo entre bostezo y piruetas, hace ya un mundo entero.
El ruido nos embriaga, pero luego sube y se escapa, como los globos más queridos; sucede como el estornudo, que logra reinventar una fuga creada dentro de la misma realidad. 
El silencio anestesiado, -como la música del aire- no se hiere cuando lo acuchillan con una despedida, ni con las aspas de ventiladores -guardianes de soñadores-, pero sí se enrosca y multiplica en los abrazos que llegan con huellas, y mucho ruido a alimentar la tierra de sinfonías mímicas.

Texto: como siempre, mine!
Foto: mía, de Elaine

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