La leche de Carmela



Eran las seis de la mañana en la vaquería Gliden Marcucci, Cidra, Puerto Rico. El sol comenzaba a estirarse por los prados verdes, las montañas se levantaban con el calor de sus rayos y las amapolas rojas sacudían el rocío del amanecer de sus pétalos. El joven Benjamín se levantó de un brinco porque se le hacía tarde para reunir a las vacas, y comenzar las labores del día junto a su papá, el señor José, el ganadero más anciano de la vaquería. Su mamá, Isabel, veterinaria en la granja, estaba esperándolo con su desayuno preferido: un delicioso vaso de leche del país.
Benjamín sabía que este vaso de leche al día era muy importante, porque le daba el poder suficiente para enfrentarse a la enorme fuerza de Carmela, que no era una vaca cualquiera, sino una vaca mágica que, en vez de tener manchas blancas y negras, tenía dos grandes manchas color marrón en su lomo. La vaca Carmela producía cuanta leche Benjamín quisiera, siempre y cuando se acabase hasta el final el vaso de leche que su mamá le preparaba todos los días.
 Benjamín y su padre José se encargaban de repartir la leche a todo el pueblo en una carreta tirada por caballos que se conocían las rutas de memoria y sabían en qué casas se debían detener. Una noche, su papá cayó en cama enfermo y su mamá se quedó cuidándolo debido a la gravedad de la situación.
El joven Benjamín, triste, bajo aquel cielo estrellado y la canción verde del coquí, decidió que no podía quedarse sin hacer nada; ¿qué pasaría cuando todas las personas despertaran y encontraran sus envases y cacerolas sin leche? La gente se despertaría sin fuerza y hambrienta; sin la alegría de consumir este valioso alimento rico en calcio y fósforo, elementos muy beneficiosos para los huesos. Entonces, los niños como él no podrían crecer fuertes ni saludables porque le faltarían todas las vitaminas contenidas en la leche mágica de Carmela.
Cuando amaneció, recobró toda la valentía, y el miedo desapareció en cuanto el frío de un rico vaso de leche bajó por su garganta. Se quedó un buen rato junto a Carmela y cuando tuvo las botellas necesarias llenas de leche, tomó las riendas de los caballos y luego de la bendición de sus padres, se fue rumbo al pueblo.
En el camino y a toda velocidad, la carreta se volcó por el impacto de una roca y el cargamento de leche quedó al borde de un precipicio. Benjamín, fuerte, gracias a la leche que siempre tomó, logró rescatar todas las botellas en una difícil maniobra que devolvió la carreta a su rumbo original. La gente del pueblo estaba desesperada por recibir aquella leche mágica que los fortalecía diariamente, pero cuando casi habían perdido las esperanzas, apareció Benjamín, con la leche mágica de Carmela que todo el pueblo bebió a sorbos, entre aplausos y risas, recibiendo a Benjamín como el más fiel y mejor vendedor de toda la isla.


Elairedelaine 


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Mis calores son ideas locas





La aguja penetra el algodón a la misma vez que un cohete choca con el espacio. 

Probemos las nubes a nuestro alance: 
en una copa de piña colada recién acabada. 
Tengamos todos los gritos acumulados sobre silencios alfombrados,
masticando mientras, un dulce agrio. 

Pero por favor, no confundamos
la bocanada de aire que arroja la nevera 
con la fría brisa de Noviembre. 
Sino que andemos a ciegas –por un momento-

tanteando el mundo con las huellas táctiles 
de nuestros sueños.
Juguemos a las marionetas con las estrellas,
pero no confundamos la arena con el azúcar
ni las rosas con vestidos de seda.

Tampoco las espinas con el pasado. 

De ahora en adelante,
entrelaza tus manos con las mías y
desde luego, 
no busquemos confundirnos.




Elairedelaine  

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