LA PRINCESA TUTÚ


Del pintor Jorge García Jiménez, artista que formó parte de la Segunda Exhibición de Arte de FSM    

            La princesa Tutú ve  todo desde su propio mundo. Se asomó a un agujero que traspasaba a su árbol predilecto y ahí, entre las paredes internas de ese magnífico tronco, vislumbró con asombro lo que parecía ser una estrella lastimada como un ave, allá a lo lejos. Y en su mirada se diluyó un deseo intenso de llegar hacia aquél punto brillante tiritando de frío y suspendido en el profundo Universo.
            Una vez concibió la loca idea de encaminarse hacia este destino incierto y desconocido se bajó cuidadosamente del árbol multicolor que la acompañaba en los atardeceres caleidoscópicos, jamás antes vistos. La princesa Tutú, ése día tuvo la luz verde de la musa, encendida. Luego de jugar al rodeo con sus largos rizos de azabache desapareció del paisaje al deslizarse por uno de los múltiples espirales infinitos que con su imaginación y una brocha violeta trazaba en cualquier momento que quisiera.
            Al cuarto menguante de la noche llegó a su hogar, un castillito de piedras preciosas tan numerosas y minúsculas como granitos de arena. Se encontraba dentro de una enorme montaña de peligrosas tierras, llena de herbáceas milagrosas y remedios naturales. La princesa Tutú se dispuso a preparar una ensalada de ideas -con cuidado de no mezclarla con el sabor a vainilla de su piel y el olor a canela de sus manos- para lograr llevar a cabo ese nuevo objetivo que la llenaba de curiosidad. Con sus ojos esmeraldas y sus largas pestañas podía desenmascarar cualquier artilugio y desmantelar toda mentira; se alimentaba del néctar puro de la verdad que rebozaba de paraíso en paraíso en aquella montaña de tan volátiles tempestades.
          La princesa Tutú se levantaba siempre temprano para disfrutar de la aparición de las sombras a contra sol, cuyas manchas se tatuaban en cualquier muro y esquina. Luego de una siesta bajo uno de los tenues y brillantes soles -custodiado por las embrujadoras lunas que cuidaban de la noche-, la princesa Tutú se hacía una manta de pétalos que al sacudirla, devolvía sus hojas a las flores originales.
          La princesa Tutú encontraba en sus paseos diarios mucho de lo que aprender. Un topo que, tanteando con su hocico se abría paso en la tierra ayudado por las manos de Tutú, le regaló a ésta una semilla fluorescente extraída directamente desde el vientre de la madre tierra. Se acercó y le dijo: “a oídos sordos, palabras mudas, pero ante un corazón latente nada se esconde, por eso, aunque no la pueda ver ni escuchar, puedo sentir la dulzura con que palpa la rica tierra en la que nací y en la que trabajo arduamente”. La princesa, agradecida, le dio un beso que hizo al topo levitar y caer por el mismo agujero por el que había aparecido. Caminando con sus zapaticos de jazmines durante un largo tramo, se preguntaba sin cesar qué habría en aquella misteriosa y callada tierra que había visto a lo lejos y que, indudablemente, necesitaba una gran labor de amor.
         En sus largas conversaciones de lunática con las lunas, se aclaraban los sorprendentes procesos de la naturaleza. Tutú le explicaba a las lunas la metamorfosis de una oruga, ya que éstas se quejaban de que estaban tan cerca de las mariposas -pero a la vez tan lejos-, que nunca nada habían podido saber de la crisálida tejida en la que se arropaba la oruga a exhalar el calorcito en las mañanas de rocío, y a esperar por aquél mágico momento en donde podría, por fin, sacudir sus alas de mariposa y elevarse desde la superficie hacia el arcoíris más cercano. Del mismo modo, la princesa Tutú pudo averiguar mucho sobre constelaciones y cometas, pero sobre todo de la Tierra, nombre de la que parecía ser una frágil estrella pero que en realidad resultó ser el planeta más destartalado -según las lunáticas- del cosmos, por el mero hecho de que en él existieran criaturas complejas y contradictorias que, según las malas lenguas, visten a los animales con telas ordinarias, les pintan las uñas y se burlan de éstos mientras ellos mismos, en esa masa problemática de aparatos y naves, han creado un mundo al revés, donde son ellos quienes mandan, y la naturaleza quien obedece, cuando la única realidad es que la naturaleza siempre les espera sin importar sus atrocidades.
         La princesa Tutú también notó que a pesar de tales abrumadores comentarios, las lunas también extrañaban con nostalgia las historias que les hacían las lunas pasadas sobre cientos de maravillas –ignoradas y empolvadas de tan lejana tierra- junto a los cuentos de amor que les dedicaban sus moribundos habitantes. Aturdida, pero siempre feliz Tutú se despidió de las lunas arrojándoles un beso de menta que fue absorbido y reflejado en una nube al amanecer.
         Los miedos se abrían como pupilas dilatadas a cada paso, pero la princesa seguía atragantándose de sueños con entusiasmo y viendo al porvenir acampando cerca; se mareaba al ritmo de un torbellino y bebía los últimos ruidos de un eco que le llamaba a lanzarse sobre un gran globo, que brillaba una legua más lejos de donde estaba. Pero era muy tarde y decidió anclar su pecho al aire e irse a su casa para descansar en su cama de trinitarias soñolientas. Ella respira y los pajaritos vuelven a dormir, luego se voltea y de un bostezo cubre a su montaña de paz, para que también duerma tranquila.
         Era una mañana de mucho viento al siguiente día, en aquel raro planeta. A Tutú se le desprendían las flores de la blusa y navegando en oleadas disparejas y contrarias, pero revueltas en una misma pasión, sintió el deseo de las hojas caídas en otoño de tener otro instante para nacer. Al preparar su ensalada, pensó en el aullido haciendo eco que escuchó remotamente, y que traía un aventurado presentimiento sobre un gran globo, esperándole. Tutú, que no subestimaba ni las lágrimas de una hormiga sintió escalofríos, pero se dispuso a andar sin importar lo mucho que el viento caracoleó su cabello esa tarde.
Se escuchaba el tarareo de Tutú mezclarse con la miel que fabricaban las abejas, y la locura de todos tenía algo que ver siempre con la presencia de aquella princesa, de tan soberano poder. Poco a poco fue descifrando que por algo habría de ser aquél globo, que divisaba más allá, tan importante. Quizá, su mundo y la Tierra tenían algún punto de colindancia, sólo que ella nada entendía de lógica, y aquellas criaturas parecían vivir en lo mundano y estar vacunadas contra el azar. La risa de la princesa competía con el sabor de la guayaba y en sus libros voladores se dibujaba una isla de poesía.
          En sus dedos, un día se posó un colibrí que venía ahogado de apuro y que gracias a un sorbito de agua en la trenza de Tutú  logró sobrevivir del cansancio. Una vez más calmado le dijo entre susurros “Princesa, tenga mucho cuidado al elevarse sobre el gran globo, pues dicen que en la Tierra se destilan -sin piedad- todos los valores y nobles placeres que crecen todos los días aquí, en su planeta”.  Tutú, al escucharlo acarició el pecho cansado del colibrí y le ordenó reposo sobre un girasol. Le dijo con almíbar en su voz “no te preocupes colibrí de mi corazón, es mi deber acudir a todos los espacios de este gran Universo para hacer germinar el amor y la esperanza, nuevamente”.
         La caminata por aquellos bendecidos paisajes por fin carcomió las horas, y luego de tantas semanas pudo Tutú distinguir contra todo pronóstico y gracias a todas sus corazonadas, el gran globo inflado de orgullo que yacía en la colina más empinada y escarpada de su pequeño planeta. Fue entonces cuando pidió, en un minuto de silencio a un Ser más grande que ella, que por favor encontrase la llave capaz de encender el fuego para calentar la ventolera con la que andaba y elevarse así, poco a poco. Entonces la princesa abrió los ojos y apareció, de entre todos los cofres perdidos, una esplendorosa llave esculpida en jade que brillaba sobre una roca. Emocionada y sin esperar más, Tutú la levantó y emprendió el vuelo hacia la estrella que llevaba “la Tierra” por nombre.
        En la osadía y sobre el gran globo legendario tuvo que combatir con la ambición y el pesimismo en los cuernos de la constelación de Capricornio, con los celos y obsesión de la constelación de Escorpio, que casi logra desinflar el globo con su aguijón. Iba con cautela pero el mugido de la constelación de Tauro la sorprendió en el filo de la canasta del gran globo; pero pudo con la otra mano sobreponerse, y una vez dentro, lanzó un soplido de cosquillas que hizo a Tauro desfallecer de la risa. Fue así como la dejó pasar y de una vez la encubrió de la superficialidad y nerviosismo de Géminis -la constelación-, hasta que subió por la cola del intolerante Leo y justo iba cayendo en el Trópico de Cáncer, cuando la cola de un cometa apagó el fuego que hacía que Tutú se elevara con la energía galáctica hacia la Tierra. Tutú se desorientó y se desmayó en aquella oscuridad helada hasta caer, luego de mil años luz en la anhelada Tierra. Después del largo trayecto, la princesa Tutú casi ni reconocía la playa que tantas veces había escudriñado en los libros voladores de su pequeño planeta. De la sorpresa olvidó recoger su trajecito de música, que se movía en ondas de alegría por tan dichoso paisaje, y salió corriendo a ver qué más encontraba.
        Tutú encogió su respiración de cisne y guardó para siempre en su corazón el sonido del vaivén de las olas, con sus blancas espumas y el roce de las gaviotas zambulléndose en el agua por si algún día necesitase huir, sabría por dónde escapar de vuelta a su risueño planeta. Descubrió la forma de alimentarse de los cocos y le bastaba un mordisco de la pulpa para saciar su apetito. Con un manojo de caracoles iba cantando sus divinas melodías cuando se vio de pronto rodeada de personas color chocolate, con sudor en sus carnes y prisa en sus pies. Comenzó a marearse por un olor desconocido que salía de los costados del andén por donde caminaba. Nunca halló similitud entre lo que veía allí y lo que recordaba haber leído de las criaturas llamadas “personas”, en su libro sobre la isla de poesía. Por primera vez, a la princesa Tutú se le nubló la sonrisa al tener que defenderse de una multitud que hablaba sin cesar palabras crudas desmanteladas de respeto, empatía y amabilidad.
       Veía en unos aparatos que llamaban “televisión” a personas sin brillo en los ojos, que lloraban de la pena y el dolor. Bajo la manta sucia –y sin pétalos- de un niño en la calle se escuchó al sufrimiento afilarse los dientes, y pedir más miedo. Se dio cuenta que la gente no se abrazaba ni se entendía, como teniendo atascado en sus interiores el sentimiento original que los hizo tan humanos una vez. La princesa Tutú que se sonrojaba al toparse con las cosas bellas, ahora se moría de sed y estrangulaba sin querer hasta el deseo más poderoso de querer estimularse por el bien. Había conocido el mal en el rostro de un hombre que vociferaba crueldades a una mujer triste. Y tras las puertas de las casas presentía familias de corazones muy divididas por lo material y artificial. La princesa Tutú estaba agotada, como nunca antes.
        Se sentó en el banquito roto de un parque vacío y se preguntó “¿por qué en vez de vender zapatos, no venderán alas? Ya no deseaba estar en la Tierra; pensó un largo rato en las gratas aventuras que tenía todo el tiempo en su raro -pero saludable planeta- y se disgustó al haber perdido sus poderes mientras descendía por la estratósfera. Ya no se sentía de carne y hueso, parecía más una máquina fría deambulando sin sentido, con un roto en el bolsillo que tantos otros deseaban llenar, cuando lo real y más valioso era lo intangible y mágico del amor, de la amistad, de la comunicación y gratitud con la vida.
        Pasaban las semanas y la princesita, que se cubría de mugre no hallaba una mano amiga que la socorriera; unos delincuentes casi la atrapan en un callejón de mala muerte, de gatos y perros sucios y gente con rabia. Alarmada, recordó la advertencia de su amigo colibrí, ella gimió y rogó por encontrarse nuevamente con su amigo, el topo, pero estaba demasiado lejos. Ya no era la misma, se iba transformando en una “supermáquina” de tristezas involuntarias, se opacaba en su memoria hasta el recuerdo de la maravillosa playa, en la que había llegado a esta Tierra de tan opacados valores.
        Sin embargo, renació en ella un rayito de esperanza al ver a una niña acurrucada en el abrazo de sus padres, y reconoció el esfuerzo y pasión de un saxofonista haciendo malabares con bocanadas de aire. Un abuelito, que con toda la carga de su miseria le sonrió, aplacó la densa angustia de la princesa, y ésta de mejor ánimo, siguió aventurándose en aquella ciudad de luces y calores falsos. Llegó por error a las afueras de un hospital y vio un dolor diferente, calmado y sereno en el pecho de una señora con cáncer sentada en una parada de autobuses, como quien tiene las cuentas saldas y una paz sospechosa con la vida.
Le iba bien enfocándose sólo en lo positivo, sólo así podría sobrevivir y no sucumbir al desgarrador peligro de padecer desnutrida de felicidad, en la fosa más apestosa de cualquier alcantarilla. La princesa empezaba a captar la mejor forma de vivir entre las extrañas e impredecibles personas: seres iluminados que a veces, -sólo a veces-, se rehúsan a brillar.  
         Tutú había aprendido mucho de lo desconocido y lo lejano. Supo que no todo era perfecto pero sí una obra majestuosa de la creación, en la cual todos teníamos nuestra parte para hacerla aún, mejor. Ella divisó ríos de sangre, pero cascadas de oraciones y manos unidas por igual; llantos envenenados de odio pero también llantos de vida nueva. Interpretó en los labios de muchos un te quiero honesto, sensible, de perdón. Un te quiero que vuela para nunca ser olvidado, pues eran te quiero de generosidad, superación y optimismo. Aún en la contaminación supo que las estrellas no habían desaparecido, que sus lunas la estarían esperando aunque, descabelladamente, pensó por un segundo quedarse en la Tierra.
          Las chispas hirvientes de su intuición le hacía observar a su alrededor la nobleza y entrega con que contaban las personas al momento de una catástrofe por ejemplo, y comprendió que no habría sobre la faz  de la Tierra nada que se comparase con tales criaturas, de apariencia limitada pero de sentimientos tan humanos y por ende, casi eternos.  Fue entonces cuando bajo la sombra de un árbol -que aunque no fuese su favorito- supo, que su lugar estaba en esa frágil estrella terrestre.
          Y desde entonces, nunca nada se ha sabido de la inolvidable y maravillosa princesa Tutú, sólo que a veces se escuchan risas de tan soberano poder crear ráfagas de amor que, aunque invisibles, no cabe duda de que existen, así como la princesa Tutú, engendrando escondida aún la esperanza de un mundo mejor, jugando soñolienta a la orilla del mar, o simplemente naciendo dentro de nosotros mismos, con la posibilidad que trae cada mañana.  



Elaine Tornés Blanco (2012) 

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