Despertando


Siento que las alegrías rebotan en mis dientes
y explotan en sonrisas cuando estás al llegar.
Me sacas de la oscuridad bajo un cielo azul mortal
y veo el sol mezclarse en mis ojos para ti. 
No se puede vivir sin cultivar flores
no sin coleccionar esperanzas
sin robarle caricias al amanecer.
Las librerías mágicas de algún lugar
se han quedado sin palabras para describir
los momentos que tú me haces sentir,
cuando te guardo dentro de mi piel
y estoy segura al dormir
de que todo lo que siento, 
lo siento por ti. 







Elaine
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Envejece, pero.



Duérmete al revés de la costumbre,
vence los ruidos inventados de tu cabeza
y no creas en otra música que no sea la de tus convicciones.
Rodéate de luz y de esperanza pero, 
si acaso se bate ese impulso febril de tus jóvenes años,
piensa en envejecer, 
-a pesar de todo y de todos-,
con sueños de Navidad,
con olor a juego y a carcajadas de infante,
con relatos de hadas y aventuras
de Peter Pan. 




Elaine. 
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El hombre de la canasta



Cuentan los años y las personas que cuentan esos años que una vez, en una ciudad sin nombre existía un hombre de mediana edad, cuyo único hábito conocido era caminar y caminar largas horas con una gran canasta en la cabeza. Nadie conocía el contenido de tan colorida y viva canasta. Algunos pensaban que el hombre estaba loco, cargando a dondequiera que iba esa pesada canasta. Inclusive llegaron a pesar que ese llamativo recipiente era donde el hombre guardaba todos los recuerdos que, por la ligereza del tiempo, no podía éste recordar, -a menos que tuviese un objeto guardado con recelo, como aquella canasta- que le ayudara a mantener vivas todas sus inolvidables memorias.
El hombre caminaba todos los días largas horas y jamás se desprendía de su carga, nadie sabía con certeza qué significaba y realmente a muchos les daba lo mismo si resultaba ser una extensión de su cerebro con todos sus pensamientos revolcados en el mismo denso y oscuro espacio. Sin embargo, nada le importaba al misterioso hombre si pensaban o no que su cargamento fuese una rareza. Sus vecinos ya daban por hecho que la enorme canasta era tan proporcionada a su cuerpo que ni el mejor de los sombreros le ganaría en ergonomía o estilo a la majestuosa canasta.
Sólo había un niño en esa ciudad –olvidada hasta por la lluvia-, a quien la presencia y el paso de ese hombre encantaba y marcaba los días. Una vez el hombre de la canasta sorprendió al niño siguiéndole las huellas, y le preguntó si quería acompañarlo esa tarde al otro lado de la ciudad sin nombre. A esto el niño asustado, pero a la vez curioso, respondió con aceptación y una mueca de entusiasmo. Juntos recorrieron muchas dunas hasta llegar a calles que parecían recién hechas y llenas de personas que esperaban con ansias al hombre con su canasta, más estable y reluciente que nunca.
Esa ciudad parecía estar recientemente nombrada, y a pesar de toda la nitidez del panorama era como si a todos sus habitantes les faltara algo en medio del lujo al cual el niño, definitivamente no estaba acostumbrado. El menor pronto notó que el hombre misterioso y tantas veces juzgado por sus compañeros comenzaba a recibir reverencias y peticiones al unísono. En unos minutos apareció de la nada un joven inquieto de sonrisa caída que sacudió al hombre de la canasta por sus ropas, sollozando con un dolor tan profundo que parecía estar siendo aplastado por la tristeza misma. Pronto, logró gesticular algunas palabras y las levantó con su voz quebrantada por el llanto, diciendo: 
             “Señor, le pido una solución. Los problemas en mi casa se inflan cada vez que cierro los ojos, y por más que me esfuerzo no consigo quitarme el peso que tengo sobre mis hombros".
El niño, aturdido por semejante drama y misericordia vio que su compañero de viaje se sentó en el asfalto caliente y bajó con cuidado la pesada cesta de su cabeza, dejando a la intemperie su escaza y fina cabellera blanca. Luego sacó de la canasta cubierta de telas preciosas una inmensa bolsa. El niño ante tal descubrimiento aumentó sus dudas sobre la locura de aquel hombre solitario. Fue en ese momento que el joven, lloroso pero colmado de curiosidad calmó su ímpetu y escuchó atentamente al hombre con una apacible sonrisa, diciendo: 
          "¿Ves este saco? está lleno de piedras muy pesadas y lo llevo siempre en mi cabeza, sin importar lo agotador que pueda ser porque éstas representan para mí cada dolor y lección que he aprendido a lo largo de mi vida. Pero al verte, he recordado lo cobarde que fui cuando tantas veces me dejé aplastar por los problemas a mi alrededor. Es por esto que te acompañaré hasta la entrada de tu casa y dejaré allí esta gran bolsa llena de piedras. Mucho antes de devolvérmela habrás encontrado por ti mismo la solución a tus problemas." El niño no entendió este hecho extraño, pero acompaño al hombre a la entrada de la casa de aquél abatido joven, y vio al hombre depositar la carga de toda su vida justamente en la entrada.
Luego de tres semanas de tanto reflexionar y respirar profundo -tal y como el hombre con canasta le advirtió-, el joven se acercó a la bolsa en la entrada que, durante tantos días tuvo que esquivar incómodamente, una y otra vez para salir de su casa. Justo cuando había dado unos pasos hacia delante rumbo hacia la vereda -donde el hombre con canasta se reunía con otras personas de la ciudad-, el joven decidió mirar hacia atrás y estudiar detenidamente la dura textura de la bolsa, arrascaba su cabeza pensando cuán difícil sería cargarla y trasladarla a las manos de su respectivo dueño. El joven respiró profundamente y una sonrisa optimista que se escabulló de su rostro lo sorprendió, ya que nunca solía actuar tan positivo o esperanzador ante un nuevo reto. 
Se lanzó con firmeza hacia la bolsa, su objetivo. Mientras hacía esto, descubría que se habría ahorrado mucho tiempo si en vez de quejarse tanto por los problemas que le aquejaban arremetiera totalmente contra ellos, con la claridad y el valor suficiente para vencerlos. Pero lo que más le impresionó al joven fue que, para su sorpresa, pudo levantar la gran bolsa sin dificultad alguna. Extrañado y cargando la bolsa, -aún sin saber su contenido real- se aproximó hacia la calle, en donde el hombre con canasta se hallaba platicando con el niño sobre cuestiones de guerras y héroes. Sin vacilar y cada vez más desconcertado el adolescente interrumpió al hombre dejando caer sobre el asfalto la bolsa brillante, diciendo:
         “No entiendo. Si estaba repleta de piedras, ¿por qué entonces es que pesa tan poco?” Luego de una peculiar sonrisa y una mirada desde ya, cómplice, el hombre respondió al joven: 
          “Ya era hora de que entendieras que los obstáculos pueden ser tan pesados como bolsas llenas de algodón. Pero si no eres lo suficientemente valiente para afrontar estos obstáculos, jamás sabrás si realmente son tan pesados como esta bolsa de algodón, que dejé justo en la entrada de tu casa hace unas semanas."
Haber presenciado esta gran lección cuando niño me deja pensando en aquél hombre con canasta que despareció un día cualquiera y del cual sospecho que murió al vaciar una a una, todas las respuestas contenidas en su cabeza. 


por Elaine.

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Cajita de truenos



Si en vez de corazón,
tiene una cajita de truenos escondida entre los pulmones,
déjelos escapar en un silencio relámpago.
En un silencio cómplice de la oscuridad,
pero abierto a la verdad y llegada
de cada amanecer.

Déjese llevar por las tempestades,
sosténgase de cualquier esperanza
al borde de una nube,
confunda lágrimas con lluvias
y sobre todo, no olvide morder fuerte
algún recuerdo
para aguantar si puede
el empuje del tiempo.

Verá entonces, al dejarse tronar los sentimientos,
la urgencia de su pecho en los ojos
mucho antes de escuchar fuerte en el cielo
los destellos de amores
que su cabeza nunca entendió,
y que por ende encerró -pensando para siempre-
en su temible, suya y brillante cajita de truenos,
llamada Corazón.



Elaine.
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