Charco Azul: la opción refrescante de este verano





Charco Azul: la opción refrescante de este verano
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En estos días calurosos un chapuzón en un agua fresca y azul sería el deseo de cualquiera. ¿Qué mejor que zambullirnos en Charco Azul, el charco natural más codiciado en la zona limítrofe entre Cayey y Patillas, Puerto Rico? Llenando la tarjeta de “auto-expreso” se puede llegar muy lejos y sin inconvenientes. Así y a todo motor, nos fuimos por el expreso, en dirección a Ponce. Con buena música en la radio, seguimos el pelotón de nubes frente a nosotros, dejando atrás la selva de hormigón. El verdor de todos los tipos comienza a deslumbrarnos en la carretera #52 camino al sur. Pasando el Jardín Botánico de Caguas a la derecha y el centro comercial Las Catalinas a la izquierda, seguimos con la vista el rastro de las montañas seguras en el horizonte. El sol acaricia y nosotros disfrutamos  tras las gafas oscuras.

Tomamos la salida #32 del expreso para llegar a nuestro destino. El olor del carbón que asa algunas delicias se cuela en el carro de ventanas abiertas a la aventura. Comenzamos a subir por la carretera #184 y entre las curvas de cemento divisamos pinos altos, evidentes en una zona que es por lo general más fría que otras. “¿Guanimes con bacalao?”, nos preguntamos ante uno de los numerosos letreros que como este, nos llamaba el apetito, es decir, la atención. La creatividad de la cocina local no advierte límites, por ejemplo, “El Rinconcito Sabroso” parece ser muestra del negocio familiar creado justo al lado de la casa.

Comenzamos a ascender hasta con el segundo cambio porque la cosa se ponía empinada. Pasamos por los llamados “Lechonera Los Pinos” y “El Rancho” en el distintivo trayecto conocido como “la ruta del lechón.” Ahí, en la Plaza Guavate, los locales se divierten entre música, artesanías, tienditas coloridas y ordenadas, así como lugares de suculento menú. Rápidamente sobre nuestras cuatro ruedas, irrumpimos camino al Bosque de Carite, donde la flora comenzaba a perdernos en otro mundo. Nos cubrimos de sombras, verdor y brisa fresca. El sonido de los pájaros. De especies de “Julián Chiví”, reinitas mariposeras o “comeñames” junto a la variedad de helechos arbóreos hacían del panorama una rica experiencia. 

Caminamos por veredas pavimentadas por aproximadamente 20 minutos. El río tiene pequeños puentes que nos permiten cruzarlo. Las flores de jengibre, heliconias, bromelias y algunos troncos que parecían milenarios hacían que las sonrisas saltaran del rostro, sorprendidas de ver hasta la forma de un “rabo de violín” en lo alto de un helecho arbóreo. Llovía y, sin embargo, no nos mojamos, así le habrá sucedido a nuestros ancestros, ya que Cidra y Cayey fueron dos de los lugares con mayor actividad taína.

Con un permiso para acampar del Departamento de Recursos Naturales (localizado en Río Piedras), se puede llegar en auto hasta el área del estacionamiento, donde hay merenderos y baños. En este sitio limpio y seguro, además de disfrutar de la hermosa vista, encontramos facilidades para acampar o celebrar actividades cómodamente. Sin pensarlo, nos zambullimos en el impecable Charco Azul, que ofrece como música de fondo una pequeña cascada y algunos lugares para saltar y lanzarse a las refrescantes aguas. 

Las manos parecían sacadas de la nevera pero el cuerpo alcanzaba el grado máximo de frescura. En esta corriente joven que alimenta esta charca de sedimentos gruesos, confundimos el cielo con el agua y flotamos en una clara y notoria paz. Mientras lográbamos atemperar el cuerpo a la temperatura fría del agua, nadábamos entre diminutos peces. Luego, renovados y frescos, nos sentamos sobre “el valle de inundación” o zona de acreción vertical de capas y capas de sedimento, donde comprobamos que, con el pigmento de las piedras, uno puede diseñar cualquier cosa sobre la piel. De noche, la experiencia trasciende fronteras. Alumbrados bajo la luz de la luna, logra perderse el tiempo y el azul se queda en nuestra memoria hasta el amanecer.

Para este verano caluroso, Charco Azul es sin duda un lugar perfecto para compartir en familia. “La naturaleza hay que disfrutarla, y yo vengo una vez al mes” señaló uno de los locales cuando nos compartía simpatizante otras anécdotas de su vida. De regreso, nada como un buen plato de lechón, yuca y morcilla en unas de las lechoneras del camino para culminar con la barriga llena y el corazón llenito de felicidad. 




© Elaine Tornés Blanco

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