Entre el suelo y la brisa camino yo

El piso está rojizo, cansado 
de tantas pisadas hambrientas y estrelladas sobre él.

Que nadie lo nota morir, 
que cada cual mira su rumbo y a él lo dejan amedrentado, y sin poderse levantar. 

Que la vida es cruel y desdichados 
aquellos que no alcanzan sus estrellas. 

-Un piso hablando de estrellas-, dijo la brisa.

 Las raíces, sus únicas amigas lo levantan, ladrillo a ladrillo. 

Nada sube el ánimo del piso. Todos lo necesitan; 
y él a ninguno. 

Que nadie lo nota morir, que cada cual mira su propio rumbo. 

-Y él solo, pensando en las estrellas que veo y no poseo, que de caer, tan sólo le pertenecerían a él-, dijo ella. 





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Sentimiento sombrío

Las sombras son sueños escondidos, 
heridos y a menudo lejanos.
Son víctimas de nuestros antojos,
viven a nuestras espaldas pero no en nuestro pasado.

Taciturnas y sin armas
están las sombras hechas
bajo el mismo principio que nosotros:
no saben porqué están aquí,
allá o en tu costado.
No saben lo que quieren y
tampoco cuándo marcharse.
Las sombras proyectan tus secretos
a un mundo bidimensional,
donde en vez de exisitir un tú y un yo,
existe la nada,
apaciguada de oscuridad. 

Libertad le damos cuando nos
sumergimos en el abrazo de otro ser.
Es la sombra testigo, fugitiva y presa
del devenir fotográfico del amor,
de nuestras guerras sin final.
Se llevan en silencio perpetuo
el polvo de aquello que pisamos.

La intemperie marca su destino
lastimoso y transitorio.
Sin gesto o muecas, sin decir nada
las sombras acompañan
al prófugo, al santo y al vulgar.

Existen bajo la condición de un yo mutilado,
cuando caminan a nuestro lado,
cuando se extienden en extremos
irreconocibles por donde pasamos.

La sombra es un pasajero constante
en la escala de grises, que duerme
bajo tus carnes y camina sujetado a mis talones.



La sombra no olvida;
se traga hasta el mínimo instante
en que dejamos de ser,
para aparecer resuelta en
el contorno de nuestro descanso.

 La sombra no eres tú, sino yo cuando me miro en ti.



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Casualidad voladora



Vuelco toda esta realidad en un sueño.

Un sueño pequeño, tal vez, pero uno 
lo suficientemente lindo y frágil como para agarrarse de las alas 
de una mariposa, hecha y derecha y dedicarse a admirar las nubes.

Cuando ésta se canse, habrá de morir acurrucada a mi sueño 
diminuto, como un grano de café 
pero tan grande como el mundo 
para ella-la-mariposa. 

Volcará entonces el sueño su vida a mi realidad.

Nos conoceremos de nuevo y aprenderemos sobre la bondad 
de una mariposa que fue pensada 
a la misma vez. 

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Material sin publicar



Me caí por culpa de la poesía enrredada 
entre mis zapatos.
La miré asombrada de que todavía
estuviese ahí, esperándome.

Su mirada dulzona me dejó un segundo tendida sobre la mar, 
quemándome las pestañas
por los sueños pausados
que olvidé rebobinar.

Bastó un momento para recapacitar
sobre su condición de pez muerto,
cual materia podrida dejó de flotar.
La poesía estaba desbaratada de arriba a abajo, afligida,
tan destrenzada, herida y cruda de esperar
que respiré profundo para no llorar.

Desmarañada y sin trucos nuevos
para embelesarme, la dejé morir
con el corazón en la boca.

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     Quién la mandó a escapar del ejercicio inmortal
de enamorarse de nuevo de la vida.

Seguí trotando y más lejos me abalacé
sobre mi poeta: de palabras simples 
y de horizontes claros para mí. 







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Mañana no será igual

-a Matías Michea Rodríguez

Mi ventana es una cuadrícula con cortina
De un solo ojo que es la luna.
Al tiempo pasado no le faltó ni uno solo de éstos. 
Pero es difícil pensar que tú ya no la verás más; ni delante ni a través de la cortina. 

La luna sigue sola como cada cual por su cielo. Como tú, con 19 años eternamente.

Yace mi recuerdo cuando la miro, de nuestra infancia entrelazada y volátil. 
Las vueltas a la rotonda -con o sin bicicletas-,  las guerras de bombas de agua y los calcetines de Navidad llenos de caramelos, que me regalaste en el 2000, todavía los tengo aunque sin caramelos, y todavía todo lo recrea mi memoria de niña extranjera, en aquél lejano y frío país.

Te recordaré abrazado a mis rodillas y a mí, huyendo a veces de tu insistencia al querer siempre jugar más.  
Tu vida, cual pausa injusta me conmueve grandemente. Tanto, que si juntásemos nuestros ojos, el azul de ambos se perdería en un mar salado para siempre. 

Esta que escribe, una vecina olvidada y agradecida de tu presencia, reza a Dios esta noche, porque recibas de Él su abrazo más infinito. 

Mañana es otra dosis que seguirá cambiando el mundo. 


[¿Por qué los ladrones se empeñan en robar vidas irremplazables, en vez de tan sólo apropiarse de celulares inútiles?]

 
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Sal-picada


Escarcha es el cúmulo de estrellas hoy que se calcaron en el techo, luego de verme salpicar las piernas de todos los miedos perplejos, hasta caer desde el puente, hacia el agua salada, mojada de vida y de ganas.

Alegría es la mezcla de un acto insospechado y aquella escarcha salada. 
Vivir es un verbo que tiene alas de pájaro, reflejo de mujer y también en la cien el resplandor de un arco iris por ocurrir.

Terminé de un chapuzón agradecida, viendo a pecesitos escurridizos iluminando la sonrisa que de mis labios imita el sol esta mañana. 


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A pez muerto, pez puesto


Beto nadaba su vida
muy orondo,
tal cual bola de fuego
acaricia con pasión y orgullo
las llamas que le alimentan.

Estos ojos, muy camuflados 
en su mar artificial,
le veían a diario surcar las algas ficticias,
-pero todavía verdaderas-
para aquél ya, difunto pez.
Sucedió que un día,
la cola que se paseaba engreída,
con todo el calor de un fuego mitológico, 
se afeó y arrugó, perseguida por la muerte temblorosa 
de tanta alegría dulce. 

Los mismos ojos que enternecidos
le celebraban tanto del otro lado de la misma vida,
repentinamente, 
entristecieron sus contornos y le encontraron moribundo
y a la deriva,
del color y el placer de vivir.
Flotando yacía Beto sin querer, 
con su diminuto corazón inflado, tragando Mar-o cielo-.

Qué iba a saber yo:
un ser humano 
que no es pez ni pájaro 
y sin embargo, 
se mueve entre ellos. 

Así murió mi Beto, rojo y después gris,
en un rincón del-aire. 
Su entierro pasó 
con todos los honores
bajo la sombra de una palma
en mi jardín. 

Un último chorrito de agua le corrió 
como bálsamo silencioso por su costado
agotado de tanto nadar. Agotado costado de sentirle tanto 
el respirar. 

-

Hoy, Vincent juega en su lugar
como un buen macho azul estelar,
reconociendo -territorial-
las danzas invisibles del primero. 
Vincent: azul-violeta, con destellos rojos y blancos sorprende
curioso y activo los ríos de mi pensamiento fugaz. 
Su cola azul Mercurio invade la soledad 
dejando reverberaciones acuosas para el azar 
de cualquier momento feliz. 

No sé si floto o si vuelo,
Si a pez muerto, pez puesto.
Tan sólo aprendí a nadar a través de ambos. 
En el verano casi más caluroso de mi vida, pude entonces 
superar mi pasado 
al saber por fin, respirar bien bajo el agua.  



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Sin alas

¿Qué haces cuando mueren dos pajaritos, 
hechos para volar, enjaulado en tu mísero espacio 
de poder y egoísmo?  

Te posas sobre sus alas 
y aprendes a nacer bajo tierra. 


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Ademán inconcluso


Tus palabras desenrredan las mías: tan olvidadas y ventosas al silencio.
Hablo: A partir de tu flor 
traigo mi pecho iluminado de esperanza.

La curva de tu sonrisa vuela tan cerquita del cielo que 
(Susurro) me quedan recuerdos traslúcidos
 mojándome los labios.

_

Tus pupilas dirigen mi cuerpo en la oscuridad,  cuales luciérnagas recién nacidas 
Miro 
bailando sobre mi ombligo.

Estrellas como confeti salpicando mis mejillas. Huelo tu rastro de Ilán-Ilán. 

                              Sueño: Te tengo sobre mi falda desde este ademán, pasajero e inconcluso.
 





 








 




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