A pez muerto, pez puesto


Beto nadaba su vida
muy orondo,
tal cual bola de fuego
acaricia con pasión y orgullo
las llamas que le alimentan.

Estos ojos, muy camuflados 
en su mar artificial,
le veían a diario surcar las algas ficticias,
-pero todavía verdaderas-
para aquél ya, difunto pez.
Sucedió que un día,
la cola que se paseaba engreída,
con todo el calor de un fuego mitológico, 
se afeó y arrugó, perseguida por la muerte temblorosa 
de tanta alegría dulce. 

Los mismos ojos que enternecidos
le celebraban tanto del otro lado de la misma vida,
repentinamente, 
entristecieron sus contornos y le encontraron moribundo
y a la deriva,
del color y el placer de vivir.
Flotando yacía Beto sin querer, 
con su diminuto corazón inflado, tragando Mar-o cielo-.

Qué iba a saber yo:
un ser humano 
que no es pez ni pájaro 
y sin embargo, 
se mueve entre ellos. 

Así murió mi Beto, rojo y después gris,
en un rincón del-aire. 
Su entierro pasó 
con todos los honores
bajo la sombra de una palma
en mi jardín. 

Un último chorrito de agua le corrió 
como bálsamo silencioso por su costado
agotado de tanto nadar. Agotado costado de sentirle tanto 
el respirar. 

-

Hoy, Vincent juega en su lugar
como un buen macho azul estelar,
reconociendo -territorial-
las danzas invisibles del primero. 
Vincent: azul-violeta, con destellos rojos y blancos sorprende
curioso y activo los ríos de mi pensamiento fugaz. 
Su cola azul Mercurio invade la soledad 
dejando reverberaciones acuosas para el azar 
de cualquier momento feliz. 

No sé si floto o si vuelo,
Si a pez muerto, pez puesto.
Tan sólo aprendí a nadar a través de ambos. 
En el verano casi más caluroso de mi vida, pude entonces 
superar mi pasado 
al saber por fin, respirar bien bajo el agua.  



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